Comentario al Evangelio del Domingo 30 de Marzo de 2025
Queridos hermanos, paz y bien.
He tenido la suerte de poder ver
muchas veces el cuadro de Rembrandt, Está realizado en
óleo sobre tela, y fue pintado hacia el año 1662. Mide
262 centímetros de alto y 205 centímetros de ancho. Se encuentra
en el Museo Hermitage, en la bella ciudad de San Petersburgo. Si alguien tiene
tiempo y ganas, puede leer el hermoso libro de Henri J. M. Nouwen, “El regreso del hijo pródigo: Meditaciones ante un cuadro de
Rembrandt”, que narra la experiencia de dicho autor al ver ese
cuadro y analiza los diversos personajes que allí aparecen. Puede ser una buena
forma de profundizar en el mensaje de esta parábola. Una excelente lectura para
el tiempo de Cuaresma.
En todo caso, las lecturas de
hoy siguen dándonos orientaciones para nuestra vida diaria. Es, además, el
cuarto domingo, el domingo “laetare”, “alégrate”. La antífona de entrada del Misal Romano
dice: Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos
los que estuvisteis tristes para que exultéis; mamaréis a sus pechos y os
saciaréis de sus consuelos. (Cf. Is 66,
10-11). Como en el tercer domingo de Adviento (Gaudete), las
lecturas nos invitan a vivir con alegría. A pesar de todo.
Alegría, sin duda, sintieron los
peregrinos después de cuarenta años por el desierto, al llegar a la tierra
prometida. Después de tan largo peregrinar, son finalmente libres, y están a
punto de conseguir la propiedad de una tierra verdaderamente fértil. Se acabó
el maná y empieza el tiempo del pastoreo y de la agricultura. Por eso los
israelitas celebran nuevamente la Pascua, como hicieron sus padres cuando
salieron de Egipto. Dan gracias porque el Señor ha cumplido sus promesas. A
pesar de sus infidelidades, de sus dudas, Él los liberó, como había dicho. Esa
palabra nos afecta a nosotros también, porque Dios es fiel, siempre cumple sus
promesas. Hasta que nos encontremos con Él, tenemos el Pan Eucarístico, que
cesará cuando se participemos en la Fiesta y el Banquete eternos.
Es la esperanza de las criaturas
nuevas, de las que se han encontrado con Cristo, y se han dejado reconciliar
por Dios. Es la llamada del apóstol Pablo. El pecado es una ruptura, un estado
de enemistad, una divergencia de opiniones e intenciones entre el hombre y
Dios. Esta oposición se ha superado, ha sido restablecida la armonía, no por el
arrepentimiento y la buena voluntad humana sino por una intervención gratuita
de Dios por la que se ha reconciliado en Cristo con el mundo “sin tener en cuenta los pecados de los hombres”. Ha
hecho borrón y cuenta nueva, condonando nuestras deudas. Solo él podía hacerlo,
a través de su propio Hijo, Dios y hombre a la vez.
Para que esto suceda, hay que
aceptar la reconciliación que Dios siempre ofrece. Pablo nos recuerda que no
podemos reconciliarnos con Dios sin escuchar a sus mediaciones, a sus
“ángeles”, que transmiten ese mensaje de perdón. No es posible reconciliarse con
Dios sin ponerse de acuerdo con su Apóstol, sin aceptar el mensaje que anuncia.
La reconciliación con Dios no se logra sólo a través de ritos de purificación y
prácticas ascéticas, sino sobre todo por la adhesión a la palabra que se transmite por aquellos que actúan como
embajadores de Dios. La Cuaresma es un tiempo privilegiado para
esta escucha y es también el momento de la verdad, pues es muy fácil rechazar,
incluso de buena fe, a los que, como Pablo, son enviados a anunciar la Palabra
del Señor.
En el capítulo precedente del
Evangelio Jesús está comiendo con uno de los principales fariseos. Ahora ha
cambiado totalmente de compañía: se encuentra entre publicanos y pecadores; es
más, parece que ha sido el mismo Jesús quien los ha invitado a su casa. Es un
hecho escandaloso que provoca la indignación de los justos, quienes
inmediatamente sacan la conclusión: con amigos semejantes, este hombre no puede
ser justo, no puede venir de Dios. Para justificar su comportamiento Jesús
cuenta la parábola.
Y toda la atención normalmente
se centra en el hermano que se fue. Sobre él se pueden formular muchas
preguntas. La primera es: ¿se arrepintió? Después de todo, el catalizador no
fue el sentimiento de culpa por haber ofendido a su padre, sino el hambre. Y
esto es muy humano, sabemos muy bien el poder de nuestra voluntad. Hasta que no
llegamos al límite no cambiamos. Es la experiencia de muchos alcohólicos, que
solamente al tocar fondo son capaces de reaccionar e intentar cambiar algo en
su vida. Sólo cuando el hermano menor empezó a tener mucha hambre, le vino a la
mente la idea de regresar. No esperaba recuperar su estatus; no soñaba con
restaurar la familia. Todo lo que quería era un trabajo remunerado y dejar de
pasar hambre.
Tenía conciencia de haber
actuado mal, sabía que su conducta había sido muy dudosa, y al mismo tiempo
sentía que tales cosas no se perdonan. Al exigir la herencia, declaró que su
padre estaba muerto para él. Sólo después de la muerte del donante se puede
heredar. Esta puede ser la imagen de un hombre que era creyente, pero su
amistad con Dios era menos valiosa para él que sus propios placeres. Pero
satisfacer nuestros deseos egoístas, lo sabemos bien. nos lleva a la
bancarrota, y el hijo menor lo demostró.
Incluso ese deseo imperfecto de
regresar es apreciado por el Padre. Por eso algunos hablan mejor de la parábola
del Padre misericordioso. Al hijo que se fue todo le es devuelto: el anillo,
que simboliza el estatus de miembro de pleno derecho de la familia en Roma. Y
se le declara vivo. E hijo. Dios no quiere esclavos, quiere amigos, seres
libres. No es un señor despótico, es un ser cercano, que no tiene en cuenta lo
hecho por el hijo, sino que corre a su encuentro y le abraza y manda vestirle
como a un señor, no como a un jornalero. Resulta que no fue el padre quien
murió, sino el hijo que estaba muerto por dentro, y el regreso lo revivió.
Es en la segunda parte de la
historia donde se encuentra el mensaje principal. En ella entra en escena el
hermano mayor que representa claramente a los fariseos, los que respetan a
rajatabla los mandamientos y los preceptos de la Ley. Llega la noticia al
hermano mayor, que nunca fue a ningún sitio. Y semejante acogida al que se
había desviado le causa un profundo dolor. A juzgar por la situación, ambos
hermanos abandonaron el hogar: uno se fue lejos y el otro, estando cerca, no se
sentía en casa. Es similar a aquellos que están formalmente en la Iglesia, pero
no sienten el valor de la conexión con el Padre. Dejó de valorar el amor del
padre en el que vivía. Jesús cuenta esta parábola a los escribas y fariseos,
diciendo que el arrepentimiento es un proceso interno. Cumplir instrucciones
externas es sólo la etapa inicial. La parábola dice que el arrepentimiento es
necesario para todos, e incluso el intento de restaurar las relaciones es bien
valorado por el Padre.
Necesitamos a la Iglesia que
sale al encuentro del menor gesto de búsqueda, del menor intento de cambio, del
menor deseo de hogar. Y es que el niño que todos llevamos dentro puede nacer de
nuevo, aunque seamos viejos. En nuestra meditación personal de hoy, podemos
reflexionar sobre cómo estamos respondiendo a este amor y misericordia de Dios
en nuestras vidas. ¿Estamos dispuestos a dejar atrás nuestro pasado y seguir
adelante con fe y confianza en Dios? En este tiempo de Cuaresma, podemos
experimentar la alegría y la paz que provienen de vivir en comunión con nuestro
Padre celestial, “gustad y ved qué bueno es el Señor”. Señor, que no me sienta
inclinado a apegarme a otras posesiones que no sean tu amor y
tu voluntad. Amen.
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.
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