AL QUE SE
SUBE LO BAJAN Y AL QUE SE BAJA LO SUBEN.
Es preciso
que él crezca y que yo disminuya. El que viene de arriba está por
encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra.
El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su
testimonio nadie lo acepta. (Jn 3, 30- 32)-
Dos mundos
opuestos la Verdad contra la Mentira.
En aquel
tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se
tenían por justos y despreciaban a los demás: “Dos hombres subieron al templo
para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así
en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres:
ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces
por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.
El
publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al
cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate
de mí, que soy un pecador’. Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa
justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que
se humilla será enaltecido’’. Lucas 18, 9-14
Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será
enaltecido.
Dos hombres
subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. Los
Profetas también subieron al Monte de Dios para orar: Abraham, Moisés, Elías y
el mismo Jesús, tenía la costumbre para retirarse al Monte para encontrarse a
solas con Dios y orar con Él. Subir al Monte es para encontrarse con Dios en
oración, para bajarse del Monte resplandecientes, fortalecidos con el poder de
Dios y poder ser ministros de Dios y como sus servidores-.
Uno era
fariseo y el otro era publicanos. Dos mundos
opuestos, cada uno tiene sus propias características, pero en el fondo son
iguales: pecadores. El fariseo se sabe bueno y el publicano, se sabe lo que es
pecador. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy
gracias porque no soy como los demás hombres- Se compara con los demás, se
siente el mejor, el más importante, el más santo. En su interior decía: Yo
valgo por lo que hago, ayuno dos veces a la semana, guardo os mandamientos,
rezo siete veces al día, paga diezmos, no soy como esos adúlteros, ladrones e injustos.
– Su oración era presuntuosa y exigía recompensas.
El
publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al
cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate
de mí, que soy un pecador’. No soy digno de que entres en mi casa, basta una
palabra tuya para que yo sea perdonado (Mt 8, 8)- Y bajo a su casa justificado,
sus pecados habían sido perdonados y revestidos de justicia santidad y humildad.
Mientras que el fariseo seguía vacío de amor y de humildad.
La Verdad
es que Dios ama a todos, a buenos y pecadores, pero no en todos se manifiesta.
Reconoce en aquellos que reconocen sus pecados y se arrepienten. La mentira es
pensar que valemos por lo que tenemos, lo que sabemos y lo que hacemos. La
Verdad nos libera, nos reconcilia, nos salva y nos corrige; la mentira nos
divide, nos engaña, nos manipula, nos sofoca y nos mata.
La humildad
es la hija primogenitita de la fe. El Dios es positiva, es darse, es donarse y
entregarse en servicio a la humanidad; en nosotros es negativa, tenemos que
negarnos a nosotros mismos para poder darnos, entregarnos y servir a los demás.
La humildad
es inseparable de la misericordia, de la justicia, de la santidad y del amor. Entre
más humildad tengamos más cuenta nos damos cuenta de la diferencia que tenemos
con Dios, el Sumo Bien, nosotros somos sus creaturas necesitadas de su misericordia.
La humildad
es hija de la Verdad que nos dice que valemos por lo que somos y no por lo que
tenemos, y ¿Qué somos? Somos hijos o hijas de Dios, personas valiosas,
importante y dogmas, pero, no somos perfectas, sino necesitadas de perfección
que la alcanzamos por la Caridad.
La persona
humilde, según la Verdad, es paciente, es confiada, tiene esperanza y tiene
misericordia, acepta la voluntad de[um1]
Dios sin quejarse y sin lamentarse (cfr Eclo 2, 1- 3)- Reconoce sus
debilidades, fragilidades y sus pecados y reconoce que todo lo bueno que posee
es “gracia de Dios”. Ni lo compra ni lo vende, es un don de lo Alto.
La persona
humilde según la verdad es desprendida de sus bienes para ponerse al servicio
de los demás; para hacer la Voluntad de Dios. Es libre para amar y para servir.
Y juntamente con esta disponibilidad se siente igual a todos, no es más ni es
menos, iguales en dignidad, el otro o los otros son de su familia, son hijos de
Dios y por lo tanto son hermanos. El Modelo lo encontramos en Jesucristo que
siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 de Cor 8, 9)-
Por eso no se aferró a su igualdad con Dios; se abajo y se hizo hombre; se
humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la vergonzosa muerte de Cruz (cfr
Flp 2 6 8)-
Que nuestras
devociones, nuestros oraciones o buenas acciones no sean motivo de presunción y
lleguemos a sentirnos mejores que los demás, y menos que los despreciemos por
que no son de los nuestros, que seamos agradecidos, humildes y misericordiosos
para ser justificados en virtud de la sangre de Cristo y por la acción del
Espíritu Santo. Todo lo bueno es gracia de Dios.
Publicar un comentario