LA IGLESIA ES EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN.
1) La Paz el primer fruto de la reconciliación.
La paz nos ha dicho el Papa Francisco
no es tranquilidad, es más bien una armonía interior y exterior. Es armonía
consigo mismo y armonía con Dios, con los demás y con la misma naturaleza. Es
fruto de la justicia a Dios y a los hombres por encima de todo. El profeta
Isaías nos lo recuerda al decirnos: “Velen por los derechos de los demás y
practiquen la justicia”. (Is 1, 16s) Le hacemos justicia a Dios cuando
guardamos sus Mandamientos y cumplimos su Palabra. Le hacemos justicia a los
demás cuando reconocemos a cada ser humano como personas, reconocemos su
dignidad, lo aceptamos como lo que es, lo respetamos incondicionalmente,
cargamos con sus debilidades y entramos con ellos en un diálogo interpersonal.
Esto es lo que significa amor recíproco Ámense los unos a los otros” (Jn 13,
34). Teniendo como punto de partida en amor a sí mismo: “Ama a tu prójimo como
a ti mismo” (Mt 22, 39). La Paz es el “don de Dios” a los que han creído en su
Hijo, reconocen sus pecados y se dejan reconciliar por Él y reciben su Perdón.
La Paz siempre será fruto de la Verdad, del Amor y de la Justicia (Ef 5, 9) Cristo, justicia de
Dios es nuestra Paz (Ef 2, 14).
2) ¿ Qué significa reconciliarse?
“Reconciliarse es volver a ser hijos de
Dios, hermanos y servidores de los hombres. Reconciliarse es volver a ser
amigos, esposos, hermanos… Para eso Dios se hizo hombre para redimirnos y
liberarnos del pozo de la muerte (Ef 5,2). Es la reconciliación que Dios ha
realizado en Cristo y por Cristo. Para que podamos recibir y dar el abrazo de
la Paz. Cristo es el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro
divisorio, la enemistad, y anulando en su carne la Ley con sus mandamientos y
sus decretos, para crear en sí mismo, de los dos, un solo Hombre Nuevo. De este
modo, hizo las paces y reconcilió con Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio
de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz:
paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca. Por él, unos
y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu (Ef 2 4- 8). La
reconciliación nos gana el perdón de todo pecado y el don del Espíritu Santo.
Qué hermoso es pensar que Dios tiene para cada uno de nosotros los mismos
regalos que le hizo al “hijo pródigo: El vestido blanco, el anillo, las
sandalias, la fiesta,,, (Lc 15, 11ss).
3) Con la fuerza de la Palabra.
¿Qué significa que digamos con la
fuerza de la Palabra? Creemos que la Palabra de Dios es Poderosa, Creadora,
Liberadora y más. Escuchemos la invitación de Jesús a los nuevos creyentes:
Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi
palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; conoceréis la verdad y la verdad
os hará libres.» (Jn 8, 31-32) Pablo nos ha dejado como herencia la “Palabra de
Verdad al decirnos: “Por tanto, la fe viene de la predicación, y la
predicación, por la palabra de Cristo” (Rom 10, 17). Con la fuerza de su
Palabra Jesús abre el sepulcro de nuestro corazón, como en otro tiempo ordenó a
Lázaro salir fuera del Sepulcro: “Lázaro sal afuera” (Jn 11, 43). Con su
Palabra nos irradia de Luz para que nos demos cuenta de los huesos secos y de
la carroña que llevamos es nuestro interior. Por medio de su Palabra nos
convence de que somos pecadores necesitados de la gracia de Dios, (cfr Jn 16,
8) Su Palabra es Luz, Poder y es Vida: Jesús les habló otra vez; les dijo: «Yo
soy la luz del mundo; la persona que me siga no caminará en la oscuridad, sino
que tendrá la luz de la vida.» (Jn 8, 12)
Jesús el Señor limpia nuestra mente y
nuestro corazón de las tinieblas de la muerte para que podamos orientar nuestra
vida y darle significado: “Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que
os he dicho” (Jn 15, 3). Con toda razón pide a su Padre: “Santifícalos en la
verdad: tu palabra es verdad” (Jn 17, 17). Su Palabra es fuente de gozo y de
felicidad: “Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y
la guardan” (Lc 11, 28).
Palabra poderosa que nos conduce a la
salvación por la fe y a la perfección cristiana: “Recuerda que desde niño
conoces las sagradas Letras; ellas pueden proporcionarte la sabiduría que lleva
a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por
Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la
justicia; así el hombre de Dios se encuentra religiosamente maduro y preparado
para toda obra buena” (2 Tim 2, 14- 17). La obediencia a la Palabra nos
transforma en discípulos misioneros de Cristo, embajadores de la
Reconciliación, según las palabras del Apóstol Pablo: “Somos, pues, embajadores
de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os
suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” (2 Cor 5, 20).
4) Por los Méritos de Cristo y en virtud de su Sangre.
La salvación, tal como lo describe
san Pablo es la carta a los Efesios es un don gratuito e inmerecido que Dios
ofrece a todos los hombres: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor
Jesucristo, pues, por estar unidos a Cristo, nos ha colmado de toda clase de
bendiciones espirituales, en los cielos. Dios nos ha elegido en él antes de la
fundación del mundo, para que vivamos ante él santamente y sin defecto alguno,
en el amor. Nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio
de Jesucristo, porque así lo quiso voluntariamente, para que alabemos su
gloriosa benevolencia, con la que nos agració en el Amado. Por medio de su
sangre conseguimos la redención, el perdón de los delitos, gracias a la inmensa
benevolencia que ha prodigado sobre nosotros, concediéndonos todo tipo de
sabiduría y conocimiento” (Ef 1, 2- 8). En Cristo y por Él “fuimos elegidos
desde la eternidad” “fuimos destinados a la filiación divina” “Redimidos y
perdonados en virtud de su Sangre” y “Recibimos el Espíritu Santo de la
Verdad”.
El pecado nos lleva a la muerte. “Y a
vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales
vivisteis en otro tiempo según el proceder de este mundo, según el príncipe del
imperio del aire, el espíritu que actúa en los rebeldes... entre ellos vivíamos
también todos nosotros en otro tiempo, sujetos a las concupiscencias y
apetencias de nuestra naturaleza humana, y a los malos pensamientos, destinados
por naturaleza, como los demás, a la ira... Pero Dios, rico en misericordia,
movido por el gran amor que nos tenía, estando muertos a causa de nuestros
delitos, nos vivificó juntamente con Cristo —por gracia habéis sido salvados—, y
con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús. De este
modo, puso de manifiesto en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de
su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues habéis sido
salvados gratuitamente, mediante la fe. Es
decir, que esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene
de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos:
creados en Cristo Jesús para que hagamos buenas obras, que de antemano dispuso
Dios que practicáramos (Ef 2, 1- 8).
De la misma manera que la salvación
es un don gratuito e inmerecido debe de recibirse como “don” y no como “premio”
ni como “recompensa” para poder así, experimentar el agradecimiento y decir con
entusiasmo: “Gracias Señor, y, Aquí estoy para hacer tu voluntad”.
5) Para la Gloria de Dios.
Sólo podemos amar y servir al Señor en la medida que tengamos
un corazón limpio, una fe sincera y una conciencia recta” (1 Tim 1, 5). Buscar
en todo como Jesús nuestro divino Maestro la gloria de su Padre. Veamos al
Señor Jesús: Lo primero que aparece en la pastoral de Jesús es el deseo de dar
gloria a su Padre del cielo: “No sabéis
que tengo que estar en las cosas de mi Padre” (Lc 2, 49), “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre
que me ha enviado y en llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34). “El Padre no me ha dejado solo, porque yo
hago siempre lo que le agrada” (Jn 8, 27-30). “Mi Padre siempre me escucha porque yo hago lo que a Él le agrada”
(Jn 14, 31) “Yo no busco mi propia
gloria. “El que habla por su cuenta busca su propia gloria; pero el que busca
la gloria del que le ha enviado, ése es veraz; y no hay impostura en él”
(Jn 7, 18) “Pero yo no busco mi gloria;
ya hay quien la busca y juzga” (Jn 8, 50)
“En verdad, en verdad os digo «Si
yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada; es mi Padre quien me
glorifica, de quien vosotros decís: ‘Él es nuestro Dios”(Jn 8, 54). Todas
estas palabras nos muestran que el objetivo principal de la Pastoral de Jesús
fue siempre la gloria de su Padre y no su interés personal.
Dichosos los que
trabajan por la Paz.
¿Qué se requiere para trabajar por la
Paz? Pudiéramos decir que se requiere dos cosas: Identidad y espiritualidad
cristiana. Estar en camino de reproducir la imagen de Jesús (Rom 8, 29). El
proverbio filosófico dice: “Nadie da lo que no tiene”. Lo primero que se
requiere es haber sido justificado, tal y como san Pablo: “Así pues, una vez
que hemos recibido la justificación mediante
la fe, estamos en paz con Dios. Y todo gracias a nuestro Señor Jesucristo,
por quien hemos obtenido, también mediante la fe, el acceso a esta gracia en la
que nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de participar de la gloria de
Dios. Más aún, nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la
tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud
probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”
(Rom 5, 1- 5)
El Señor Jesús nos mostró un Camino
para los que se animen a vivir la aventura de trabajar por la paz:
“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos
de Dios”. Según la enseñanza del Maestro, recordamos que “Nadie da lo que no
tiene”. Para ser hombres y mujeres de Paz, hemos de ser “humildes, mansos y
trasparentes”, siempre en camino de conversión. Antes de ser pacíficos y
pacificadores, hemos de estar encarnando las otras Bienaventuranzas: “Bienaventurados
los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados
los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 3-
8).
Quién busque ser un instrumento de paz
y reconciliación al estilo de san Francisco de Asís, debe arriesgarse a ser
rechazado, perseguido, calumniado y más. Pero ha de ser también un hombre de
esperanza para anhelar de corazón la promesa del Señor: “Bienaventurados seréis
cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de
toda clase de males. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será
grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas
anteriores a vosotros” (Mt 5, 10-12).
6) la Iglesia Sacramento de Reconciliación.
No podemos entender lo anterior si no
creemos en “Jesucristo resucitado” y aceptamos sus regalos para la Iglesia:
“Entonces se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con
vosotros.» Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se
alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como
el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid
el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a
quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 19- 23)
La Iglesia recibió de su Fundador el
Ministerio de la Reconciliación. De la misma manera lo expresa Mateo: “«Me ha
sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a
todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y estad
seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo” (Mt
28, 18- 20).
La Misión de Jesús el Señor, es ahora
por “Designio de Dios”, la Misión de la Iglesia: “Todo poder se me ha dado en
el cielo y en la tierra”. Una razón más sería que Jesús puede hacer con su
Iglesia lo que Él quiera, pues Él es el Redentor, quién la compró a precio de
sangre, “ha dado su vida por ella. La misión del Señor es dar vida (Jn 10, 10);
es dar Espíritu Santo y fuego (Lc 12, 49); es perdonar los pecados y restituir
al hombre pecador su dignidad perdida (Mc 2, ) Sacar a los hombres del reino de
la tinieblas y llevarlos al reino de la luz (Col 1, 13).
La Iglesia prolonga hoy, en la
historia “la Obra redentora de Jesús el Señor”. Todos y cada uno de los
miembros de la Iglesia somos llamados a ser “Discípulos Misioneros de Cristo Jesús”.
Sus mensajeros, sus representantes, los instrumentos de su amor y de su
liberación: “Pero vosotros sois linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, destinado a anunciar
las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz;
vosotros, que si en un tiempo no fuisteis pueblo, ahora sois Pueblo de Dios:
ésos de los que antes no se tuvo compasión, pero que ahora son compadecidos”
(1 Pe 2, 9- 10).
Escuchemos a Pablo: “Y todo proviene
de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la
reconciliación. En efecto, Dios estaba reconciliando al mundo consigo por medio
de Cristo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, al tiempo
que nos confiaba la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de
Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os
suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” (2 Cor 5, 18- 20).
Toda la Iglesia es Reconciliadora, es
Santificadora y es Misionera: Es el Sacramento de Reconciliación, en ella y por
ella, Dios, en virtud de la Sangre y de los méritos de Cristo, está
reconciliando a los hombres con Él y entre ellos. Nos acoge y nos hace unidad
destruyendo los muros y las barreras raciales, económicas y sociales para que
“todos seamos uno en Cristo Jesús: “otro tiempo estabais lejos, habéis llegado
a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los
dos pueblos hizo uno, derribando el muro divisorio, la enemistad, y anulando en
su carne la Ley con sus mandamientos y sus decretos, para crear en sí mismo, de
los dos, un solo Hombre Nuevo. De este modo, hizo las paces y reconcilió con
Dios a ambos en un solo cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte
a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros que estabais lejos, y
paz a los que estaban cerca. Por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre
en un mismo Espíritu (Ef 2, 14- 18).
Oremos y ofrezcamos al Señor nuestras
oraciones y sacrificios por la “conversión de todos, buenos y malos al Señor,
para su Gloria y el bien de toda la Iglesia, llamada a ser “Refugio de
pecadores”.
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