Porque no hay árbol bueno que dé
fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno.
La Biblia divide a la humanidad en dos: los
que hacen el mal y los que hacen el bien: en hombres justos o hombres impíos (cf
Slm 1) Cada uno como árboles están plantados en diversos lugares; uno, a la
orilla de un río y el otro está plantado en la estepa. Uno tiene sus raíces en
el agua y el otro tiene su raíces en la
aridez, en el vacío. Es como un árbol
plantado junto a corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto, y jamás se
amustia su follaje; todo lo que hace sale bien. (Slm 1, 3) Jesús en el
evangelio de san Mateo nos invita reconocerlos por sus frutos: “Por sus frutos
los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así,
todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol
bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo
árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus
frutos los reconoceréis. (Mt 7, 16- 20)
Siguiendo el evangelio
de san Lucas la Palabra nos explicita: “Cada árbol se conoce por su fruto. No
se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre
bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo
malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca. (Lc 6, 44- 45) Lo
triste y lamentoso es que son muchos los hombres que a lo bueno le llaman malo,
y a lo malo le llaman bueno. Otros sabiendo lo que es malo lo hacen y rechazan lo
bueno. Los que hacen lo malo se hacen esclavos del mal y se hacen malos. En
cambio los que hacen lo bueno se hacen generosos y se hacen hijos de Dios. El
mal nace y se fortalece con la mentira; en cambio la bondad nace de la Verdad y
podemos reconocer sus frutos: la sinceridad, la honestidad y la integridad que
llevan a la justicia a Dios y al prójimo, y por ende a la paz. No hay personas
buenas ni personas malas; más bien, el hombre nace con la capacidad para hacer
el bien o para hacer el mal.
Cuando hacemos el mal,
nos hacemos menos humanos y menos persona. Nos deshumanizamos y nos
despersonalizamos. En cambio cuando hacemos el bien nos hacemos más humanos y
más persona: Nos humanizamos y nos personalizamos. Así podemos entender las
palabras de Jesús: “¿Podrá un ciego
guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?” (Lc 6, 39) El hoyo es la
deshumanización y la despersonalización. Será una persona atrofiada que teniendo
ojos no mira; teniendo boca no habla; teniendo oídos no escucha; teniendo pies
no camina (cf Mc 8, 18) Buscamos las cosas de abajo y nos la de arriba; más lo
material y no lo espiritual (Cf Col 3, 1- 4) entramos en los terrenos de falsedad,
de la mentira y de la hipocresía (1 Pe 2, 1) Con palabras de san Pablo entramos
en los terrenos del hombre viejo: “Os
digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los
gentiles, según la vaciedad de su mente, sumergido su pensamiento en las
tinieblas y excluidos de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos,
por la dureza de su cabeza los cuales, habiendo perdido el sentido moral, se
entregaron al libertinaje, hasta practicar con desenfreno toda suerte de
impurezas.” (Ef 4, 17- 19) A estos hombre o mujeres, creyentes o religiosos el
Señor nos dice: “¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?”
(Lc 6, 46)
Ante lo anterior el
Señor Jesús nos da una palabra que llega a nosotros como luz que ilumina
nuestra realidad: “Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en
práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que,
al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al
sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo
destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en
práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin
cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande
la ruina de aquella casa.» (Lc 6, 47- 49) El primer hombre tiene una fe
verdadera, el otro es portador de una fe falsa, El primero hace la voluntad de
Dios y el otro endurece su corazón a Dios y al prójimo.
¿Quién es el que da
frutos buenos? El que hace la voluntad de Dios como lo dice san Pablo: “Vuestra
caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien” (Rm 12,
9) Recordando las palabras del Señor Jesús damos al mundo la buena noticia: Crean
en Cristo Jesús, sólo unidos a Él podremos dar fruto bueno jugoso (cf Jn 6, 40;
15, 1- 4) Su Palabra es como lluvia que empapa la tierra (Is 5, 9-10) Es como
martillos y fuego (Jer 29, 13) Es Luz en nuestros pies. (Slm 119, 105) Es la
verdad que nos hace libres, nos limpia y nos consagra (Jn 8, 31-32; Jn 15, 1-
4; Jn 17, 17) La Palabra es la brújula que nos guía a la salvación por la fe en
Cristo Jesús y a la perfección cristiana (2 Tm 3, 14- 16) “Mis palabras son
espíritu y vida” (Jn 6, 63) Quién escucha la palabra de Dios y la obedece se
convierte en discípulo de Cristo Jesús, se hace su amigo y se sienta a la mesa
con Él (cf Jn 15, 18; Apoc 3, 20)
¿Quién es el que se
salva? Se salva, se humaniza y se personaliza con el sentido evangélico.
Escuchemos las palabras de la Biblia: “El que hace la Voluntad de Dios, creer
en Jesucristo y amar a sus hermanos” (cf Mt 7, 21; 1 Jn 3, 23) Por la fe y la
conversión entramos en el reino del Padre y de Cristo (cf Mc 1, 15) Fe y
conversión nos recuerdan las palabras de Pablo: Despojaos y revestíos para que
tengan la libertad de los hijos de Dios (Gál 5, 1- 13) Es el mensaje que
encontramos en libro de Isaías: “Y al
extender vosotros vuestras palmas, me tapo los ojos por no veros. Aunque
menudeéis la plegaria, yo no oigo. Vuestras manos están de sangre llenas: lavaos,
limpiaos, quitad vuestras fechorías de delante de mi vista, desistid de hacer
el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al
oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y
disputemos - dice Yahveh -: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la
nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán. Si
aceptáis obedecer, lo bueno de la tierra comeréis. Pero si rehusando os
oponéis, por la espada seréis devorados, que ha hablado la boca de Yahveh. /(Is
1, 15- 20).
¿Cuáles son los frutos malos y, cuáles son los frutos buenos? Podemos reducir la respuesta en "vicios y virtudes" Los vicios son la descendencia del "Egoísmo" que echa raíces en el corazón humano desde la cuna hasta que muere; y las virtudes son el fruto del "Amor" que se cultivan con la ayuda de Dios,: son fruto de una decisión libre y consciente de orientar la vida hacia el Sumo Bien. El vicio es un hábito moral malo que sólo se puede combatir con la ayuda de Dios y nuestros esfuerzos: "No te dejes vencer por el mal, vence más bien al mal con el bien (cf Rm 12, 21)
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