Escucha Israel.
En aquellos días, hablo Moisés al pueblo y le
dijo: “Escucha la voz del Señor, tu Dios, que te manda a guardar sus
mandamientos y disposiciones escritos en el libro de la ley. Conviértete al
Señor tu Dios, con todo tu Corazón y con toda tu alma.
Estos mandamientos que te doy, no son
superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance. No esta en el cielo,
de modo que pudieras decir: ‘¿Quién subirá por nosotros al cielo para que nos los traiga, los
escuchemos y podamos cumplirlo?’ Ni tampoco están al otro lado del mar de
modo que pudieras objetar: ‘¿Quién cruzará el mar por nosotros para que nos
la traiga, lo escuchemos y podamos cumplirlos?’ por el contrario, todos mis
mandamientos están muy a tu alcance, en tu boca y tu corazón, para que
puedas cumplirlos”. Palabra de Dios. (Deut. 30, 10-14)
La Alianza del Sinaí.
El Pueblo de
Israel fue muchas veces infiel a la Alianza que Dios pactó con él en el
Sinaí. Sin embargo, Dios permaneció siempre fiel, pues Él no es un Dios
voluble, como nosotros lo somos. También nosotros hemos concertado con Dios
una Alianza nueva y eterna, en que Él se compromete a ser nuestro Padre y
nosotros sus hijos por nuestra unión en la fe con Jesús, su Hijo único
hecho uno de nosotros. Ojalá y pudiésemos decir que hemos sido fieles a esa
Alianza; sin embargo nuestra propia experiencia nos hace reconocer que
muchas veces hemos vivido lejos del Señor, y que no sólo hemos infringido
la Ley, sino que hemos rechazado al mismo Dios, envolviéndonos en un
torbellino de signos de pecado y de muerte. El Señor nos llama a la
fidelidad, pero no a la fidelidad por la fidelidad, sino que nos invita a
volver a Él, pues lo más importante dentro de la Alianza con Él es
encontrarnos con el Señor para vivir y caminar constantemente en su
presencia; y no sólo quiere que estemos cerca de Él, sino que abramos
nuestro corazón para que Él vuelva a habitar en nosotros como en un templo.
Por eso hoy nos dice: Conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y
con toda tu alma. Entonces Él vendrá y hará su morada en nosotros, y su
Palabra será pronunciada en nuestro propio interior, para que la encarnemos
en nosotros por el Poder del Espíritu Santo, que actúa en nosotros, y
podamos alcanzar, así, la vida eterna.
La respuesta a la Palabra
El Salmo responsorial
nos invita a buscar con sinceridad al Señor con la esperanza cierta de
encontrar en Él la plena restauración de nuestra vida. Y solamente en Él. Efectivamente
todo Don perfecto viene de lo alto. El Profeta Jeremías nos dice: “Si me
buscáis de todo corazón me dejaré encontrar por vosotros” (29, 12). La
salvación no es consecuencia de nuestras obras, de nuestros esfuerzos o por
ser mejores cada día. La salvación es la Obra de Dios en nosotros (Ef 2,
1-8). Cuando finalmente estemos con Él eternamente, Dios habrá llevado a
plenitud su obra en nosotros. No cerremos nuestros ojos ante nuestras
miserias, ante las heridas que el pecado ha abierto en nosotros, ante la
enfermedad que la maldad ha hecho surgir en nuestro propio corazón. El
Señor, por muy grandes que hayan sido nuestros pecados, jamás nos ha
abandonado. Reconozcamos su amor y su poder y aceptemos la salvación que
nos ofrece. Dejemos que Él reconstruya nuestra vida y nos ayude a vivir
como hijos suyos, hasta lograr, unidos a su Hijo, la salvación eterna.
El llamado a la
conversión.
El llamado que el Señor nos hace este Domingo
esta en cierta manera reflejado en la segunda lectura, es un llamado a la
conversión cristiana, que consiste en hacer de Cristo el centro de nuestra
vida, el primero en todo: “Cristo es la imagen de Dios vivo invisible, el
primogénito de toda la creación, porque el tiene su fundamento todas las
cosas creadas, del cielo y al tierra, las visibles y las invisibles, sin
excluir a los tronos y dominaciones,
a los principados y potestades. Todo fue creado por medio de él y para él.
El existe antes que todas las cosas, y todas
tienen su consistencia en él. El es también la cabeza del cuerpo, que es la
Iglesia. El es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que
sea el primero de todo. Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda
plenitud y por el quiso reconciliar consigo todas las cosas, del cielo y de
la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz”. Palabra de Dios. (Col. 1,
15-20)
Cristo es la
imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación. En el
proyecto divino a Él se refiere la Escritura cuando nos dice que el hombre
fue creado a imagen y semejanza de Dios, pues en Cristo tiene su fundamento
todo lo creado. La misma Iglesia tiene en Él su fundamento, de tal forma
que Él es Cabeza de la misma. Sin Él nada existe de cuanto ha sido hecho.
Por eso, quien quiera encontrarse con Dios no tiene otro camino que Cristo.
Quien quiera llegar a su perfección no puede hacerlo al margen de Él. Quien
quiera iniciar un camino auténtico de conversión para volver al Padre, no
puede hacerlo sino en Cristo y con Cristo que, asumiendo el pecado del
hombre, clavó en la cruz el documento que nos condenaba, y nos abrió el
camino de la salvación, ya no como siervos, sino como hijos de Dios.
Dejemos que Cristo habite realmente en nuestros corazones, para que guiados
por Él, en la escucha fiel de su Palabra y en la puesta en práctica de la
misma, Él nos convierta en su Palabra viva de salvación que continúa
pronunciando en el mundo, por medio de su Iglesia, para la salvación de
todos.
El relato evangélico.
En aquel tiempo, se presento ante Jesús un
doctor de la ley para poner a prueba y le pregunto: “Maestro, ¿Qué debo
hacer para conseguir la vida eterna?” ¿Qué es lo que esta escrito en la
ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contesto: Amaras al Señor tu
Dios, con todo tu corazón, con todo
tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti
mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado bien; si hace eso, vivirás”.
El doctor de la ley, para justificarse, le
pregunto a Jesús: “¿Quien es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que
bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayo en mano de unos ladrones,
los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que
por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De
igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y paso de largo. Pero un
Samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acerco,
ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendo; luego lo puso sobre su
cabalgadura, lo llevo a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos
denario, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de el y lo que
gastes de mas, te lo pagare a mi regreso’.
¿Cuál de estos tres te parece que se portó
como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la
ley le respondió: “El que tuvo compasión de el”. Entonces Jesús le dijo:
“Anda y haz tu lo mismo”.Palabra del
Señor. Lc. 10, 25-37.
¿Qué es la conversión cristiana? Es volverse a Cristo buscando su mirada de
misericordia, de bondad y paz con un corazón contrito para abrazarse con Él
y entregarle nuestras cargas y aceptar a la vez el “yugo suave del amor”
(Mt 11, 27-29). Amar, amar es lo único que cuenta. El amor de Dios se ha
manifestado en que siendo nosotros pecadores, nos envió a su propio Hijo,
el cual murió para el perdón de nuestros pecados y para hacernos hijos de
Dios. No podemos decir que Dios nos ama sólo cuando nos concede las cosas
materiales que necesitamos, o la salud ante la enfermedad que a veces nos
aqueja. Dios, muy por encima de todo esto, nos ha venido a salvar,
perdonando nuestros pecados y haciéndonos hijos suyos: “Hechura suya
somos”, pues la vocación a la que
estamos llamados es a la participación de su Vida eternamente. Por este
amor hacia nosotros Él se hizo prójimo, cercanía para nosotros por medio de
su Hijo, realmente encarnado por obra del Espíritu Santo en María Virgen;
así Él es verdadero Dios y verdadero Hombre. Exaltado a la diestra de Dios
Padre, el hombre no tiene otro camino ni otro nombre mediante el cual pueda
salvarse, sino sólo a Cristo Jesús (Hch 4, 12).
Quienes creemos
en Él y nos unimos a Él no lo hacemos por cualquier otra intención, sino
únicamente como consecuencia del amor que le tenemos. Al amarlo por encima
de cualquier otra persona o cosa Él nos identifica consigo mismo, no tanto
como personas aisladas, sino como Iglesia, comunidad de fe en la que cada
uno es un miembro vivo y activo, gracias al Espíritu Santo que habita en
nosotros y nos guía como testigos de Cristo (Rm 8, 14-15). Unidos a Cristo
debemos esforzarnos por hacer llegar la salvación a todo aquel a quien el
pecado ha destrozado y dejado medio muerto. Mientras sólo busquemos nuestra
salvación, nuestra santificación y pasemos de largo ante la miseria de
nuestros hermanos en desgracia material, espiritual o moral, no podemos en
verdad decir que creemos en Cristo y que tenemos a Dios por Padre, seguimos
viviendo en el peor de los enemigos de la salvación: “el individualismo
disfrazado”. El Reino de Dios no se vive para sí mismo, sino para Dios y
para los demás. El cristiano vive en Cristo para su comunidad en la cual
han de existir algunos elementos que la caracterizan: a) una preocupación mutua
de todos para con todos. b) una reconciliación continua, con Dios y con los
hermanos. c) Un compartir permanente, poniendo lo que se sabe, lo que se
tiene y lo que sé es, al servicio de los demás. Lo anterior afecta también
el bolsillo de de cada uno de nosotros
La Palabra de Dios y la Eucaristía de este Domingo.
En la Eucaristía
el Señor lo ha dado todo por nosotros. El Hijo de Dios se despojó de sí
mismo para enriquecernos con su pobreza. Mediante sus llagas nosotros hemos
sido curados. Él ha cuidado de nosotros para que no perezcamos eternamente.
“Ha dado la vida pos sus amigos”. Él pagó el precio de nuestra salvación
con su propia Sangre (Ef 1, 7). Este Misterio de amor es el que estamos
celebrando. Este misterio de amor es el que Él confió a su Iglesia. Él nos
envía para que vayamos a la humanidad entera y la reconciliemos con Dios.
Detenernos ante la miseria de nuestros prójimos, inclinarnos ante ellos
para remediar sus males, cuidar con amor, con arrojo y valentía de nuestro
prójimo para que el mal no vuelva a adueñarse de Él, eso es cumplir con la
misión salvadora que el Señor de la Iglesia nos ha confiado. Cuando Él
vuelva no quiere que le entreguemos a nuestro prójimo muerto a causa del
pecado, sino sano y salvo, caminando también como testigo del amor de Dios
en el mundo. Cuando Él vuelva entonces nos dará en herencia la vida eterna.
Vayamos y hagamos lo mismo que Cristo ha hecho con nosotros: hacerse
prójimo nuestro, con gran amor hacia nosotros para salvarnos a costa de
todo, incluso de su propia vida. ¿Haremos lo mismo con nuestro prójimo?
Unirnos a Cristo, entrar en comunión de vida con Él mediante la Eucaristía
sólo tendrá sentido en la medida en que no sólo amemos a Dios sobre todas
las cosas, sino en la medida en que lo amemos amando a nuestro prójimo, sin
fronteras y sin reservarnos siquiera nuestra propia vida, que se ha de
entregar, unida a Cristo, para el perdón de los pecados del mundo entero.
La Palabra de Dios, la Eucaristía de este Domingo y
la vida del creyente.
Desde la Iglesia
el mundo debe seguir experimentando que Dios continúa haciéndose prójimo,
lleno de compasión, de todo hombre que sufre, de todo aquel que ha sido
encadenado por el pecado, de todos los que son víctimas de la violencia, o
de la injusticia, o de conciencias inmorales y egoístas que explotan a su
prójimo, convirtiéndolo en objeto de lucro o de degradación. Hay muchos
sectores de la humanidad que han sido golpeados, lacerados, heridos en sus
derechos fundamentales, y cuya esperanza ha sido disminuida
lamentablemente. La Iglesia de Cristo no puede pasar de largo ante esa
miseria; no puede ponerse de parte de los poderosos para tratar de
justificar sus injusticias, cometidas muchas veces a nivel mundial, o cometidas
en la familia, en el aspecto laboral, en la impartición de justicia
comprada por los que tienen más poder económico. No podemos pasar de largo.
Debemos darlo todo, dejar incluso nuestra propia seguridad y pagar con
nuestra propia vida, pues sólo ama en verdad aquel que es capaz de entregar
su vida por los que ama.
Que Dios nos
conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la
gracia de saber amar a nuestro prójimo, en la misma medida en que nosotros
hemos sido amados por Dios en Cristo Jesús, para que, unidos a Él en la
vida y en el amor convertido en servicio a nuestro prójimo logremos,
juntos, la consecución de la vida eterna, que Dios ha reservado para los
que le aman. Amén.
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